Vivimos en una sociedad en la que se nos ha educado, y constantemente se nos exige, ser perfectos, ganar, lograr más, trabajar más y ser los mejores.
Por supuesto, no hay nada de malo en esforzarse, plantearse objetivos y dar lo mejor de ti para conseguirlos. Sin embargo, para algunas personas el logro, la consecución de metas, se convierte en lo único importante y valioso en sus vidas. Para ellos y ellas los otros se convierten en el rival al que vencer o superar y los ven como obstáculos que hay que eliminar para lograr sus objetivos. Si a esto se le une la tendencia a la autocrítica que constantemente les está diciendo que podrías hacerlo mejor o llegar más lejos, el sufrimiento está asegurado. La consecución de tus objetivos se convertirá en la mayor fuente de infelicidad.
Cuando ponemos nuestra valía en la comparación con los demás, en “ser mejor que” o “conseguir más que” estamos abocados a sufrir porque siempre habrá personas que sean mejores que nosotros en cualquier aspecto. Compararnos no nos fortalece, muy al contrario, nos debilita. Nos sentimos más inseguros, ansiosos, desconfiados, controladores, suspicaces, a la defensiva y esto nos agota física y emocionalmente.
Competir con los demás tiende a debilitar las relaciones personales, a distanciarnos de los demás, los cosificamos. Esto nos lleva a aislarnos, desconectarnos, a separarnos afectivamente de los demás y, en último término, en vez de acercarnos a lo fundamental que es sentirnos bien, pertenecer y ser amados, nos aleja.
Cuando cometemos errores, nos sentimos inadecuados, no conseguimos nuestras metas, las cosas no salen como esperábamos, es decir cuando algo va mal, muchos de nosotros caemos en la trampa de la autocrítica. Sin embargo, múltiples investigaciones en las universidades más prestigiosas del mundo han demostrado que hay una forma diferente de tratarnos cuando las cosas no van bien que es una fuente de empoderamiento, fuerza interior, conexión, serenidad e inteligencia emocional. Se trata de la autocompasión.
La autocompasión conduce a la resiliencia
La Autocompasión implica afrontar el fracaso, la inseguridad o los errores de una forma completamente diferente. A diferencia de la autocrítica, la autocompasión genera mayor resiliencia, fuerza y felicidad.
Los elementos que conforman la autocompasión son:
- Bondad hacia uno/a mismo/a o amigabilidad: Consiste en ser amable y comprensivo con uno mismo como lo serías con un amigo. Entender que somos intrínsecamente merecedores de cuidado, atención y buen trato como todos los demás, incluso o especialmente, cuando fallamos.
- Humanidad común o humanidad compartida: Entender que no estamos solos en nuestros errores, debilidades y fracasos, que cometer errores es intrínsecamente humano, y que son una parte normal de la vida de todos. Comprender que todos sufrimos y que el sufrimiento es parte de nuestra humanidad, no es que seamos defectuosos, es que somos humanos.
- Atención Plena o Mindfulness: Ser consciente de cuál es la situación objetiva que estás atravesando, incluyendo también tus procesos internos: sentimientos, emociones, sensaciones corporales, pensamientos y acciones. Tomando consciencia de la situación de forma ecuánime, sin revolcarse en lo negativo, sin sobre-identificarse y sin ignorar o minimizar las propias emociones y sentimientos.
La autocompasión se puede aprender y desarrollar tal como comprobamos en las distintas ediciones de nuestros cursos. El primer paso es reconocer cómo respondes a las dificultades de la vida y elegir los 3 elementos de la autocompasión en lugar de la autocrítica y el autocastigo. Cuando aprendemos a integrar de esta forma nuestros fallos o imperfecciones la consecuencia es que nos sentimos mucho más seguros y capaces de afrontar nuevos retos porque perdemos el miedo al fracaso. Nos hacemos más resilientes.
La autocompasión no es ser despreocupado, autoindulgente o egoísta. Muy al contrario, en tiempos de exceso de indulgencia, despreocupación e individualismo salvaje la autocompasión es una fortaleza e implica asumir la responsabilidad de quienes somos y hacia donde nos dirigimos. La autocompasión tiene su raíz en la buena voluntad y para que sea verdadera compasión ha de estar guiada por principios morales y éticos por lo que no sólo nos beneficia personalmente, sino que tiene un impacto muy positivo en nuestro entorno.
Algunas prácticas que han demostrado ser eficaces en el desarrollo de la autocompasión:
- Carta compasiva (I): Toma consciencia de las dificultades que estás atravesando en este momento de tu vida, a continuación, escríbete una carta a ti mismo/a como si lo que te está pasando le estuviera pasando a un buen amigo y tu quisieras consolarle, mostrarle apoyo y animarle. Luego léete la carta a ti mismo/a y observa las sensaciones y emociones que surgen.
- Carta compasiva (II): Otra opción es igual que el apartado anterior pero imaginando que la carta te la escribe a ti una persona que te aprecia sinceramente y quiere trasmitirte su apoyo, aceptación y cariño.
- Frases de amabilidad: Busca algunas frases que te trasmitan los buenos de deseos de la compasión, p.e. “que pueda aceptarme como soy” y repítelas cuando sientas emociones difíciles.
- Aquí te dejamos el link a nuestras meditaciones. Te recomendamos practicar con “Pausa de la Autocompasión”

